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[RESEÑA] Buscando a Alaska | JOHN GREEN



Título: Buscando a Alaska
Autor: John Green.
Editorial: Nube de tinta.
Año: 2005
ISBN: 978-84-155-9444-4
Páginas: 300.
Precio: 14,95€


"Antes: Miles ve cómo su vida transcurre sin emoción alguna. Su obsesión con memorizar las últimas palabras de personajes ilustres lo lleva a querer encontrar su Gran Quizá (como dijo François Rabelais justo antes de morir). Decide mudarse a Culver Creek, un internado fuera de lo común, donde disfrutará por primera vez de la libertad y conocerá a Alaska Young. La preciosa, descarada, fascinante y autodestructiva Alaska arrastrará a Miles a su mundo, lo empujará hacia el Gran Quizá y le robará el corazón... Después: Nada volverá a ser lo mismo."
Buscando a Aslaka llevaba casi un mes entre mis estanterías, pero no me decidía a leerlo debido a las advertencias de mi amiga María que por cierto, no eran nada positivas (¿porqué no te hice caso la mañana que lo compré?).

Buscando a Alaska es la primera obra John Green, autor conocido por obras como Bajo la misma estrella o Ciudades de papel. En esta primera obra, acompañamos a Miles un chico algo rarito que tiene el hobby de recordar las últimas palabras de la gente. Miles decide adentrarse en la búsqueda del Gran Quizá y para ello se muda al internado Culver Greek, donde conocerá a Chip, más conocido como Coronel y a Alaska Young. Estos tres amigos, junto a dos más reflexionarán sobre la vida y la juventud mientras hacen gamberradas en el internado, fuman y hablan de sexo.

Miles, como ya he dicho más arriba es un chico bastante raro. Algo muy característico de los libros de John Green,  ya que me recordó a Quentin de Ciudades de Papel, pero con una personalidad más influenciable. Y es que Miles parece la marioneta de Alaska y El Coronel, les paga el tabaco sin siquiera conocerlos, comienza a fumar porque todos en su grupo lo hacen, e incluso se adentra en la bebida. Parece un pez fuera del agua cuando llega al internado, y lo entiendo, pero un poco más de confianza no hubiera venido nada mal. Sin embargo, Coronel ha sido mi personaje favorito. He visto una persona muy humana y para ser un personaje ""secundario"" está mejor construido que incluso el propio Miles. Y el gran interrogante que es Alaska, una vez más me recordó a Margo de Ciudades de Papel. Alaska es misteriosa, fumadora compulsiva, adicta a los libros y obsesionada con buscar la salida del laberinto metafórico. Y cómo no, Miles se queda prendado de ella desde el primer cruce.

 La estructura del libro no está organizada en capítulos. El libro se divide en un Antes y un Después. En el antes se lleva una cuenta atrás, lo que hace preguntarte que será lo que pasa. La trama principal (apenas existente) es solo un hilo conductor para hacernos reflexionar acerca de los temas que trata la novela. ¿Cómo podemos salir del laberinto? ¿Existe el Gran Quizá?

El gran bum de Bajo la misma estrella ha hecho crear altas expectativas sobre el autor. Buscando a Alaska es su primera novela y esto se nota. Además, como ya he comparado más arriba, el libro sigue la misma estructura de Ciudades de Papel, que aunque también me decepcionó un poco, consiguió hacerme reír y conectar mucho más con sus personajes que con los de esta novela. A pesar de esto, como siempre el autor trata cualquier tema de una manera muy natural, algo que se suele echar de menos en la literatura juvenil.

Por último quería mencionar el tema de las portadas. Muchos libros cambian su portada según el país y editorial, y a veces estas no tienen nada que ver con la historia. El caso de estas tres portadas (EEUU, México y España) representa a la perfección la historia. La portada de México me parece muy sosa, pero me encanta el detalle del laberinto y la margarita, al igual que sale en la portada de España. La potada de Estados Unidos contiene una vela y el humo, lo que representa muy bien a Alaska.

Y para finalizar ya, que me estoy yendo por las ramas, diré que la trama del libro es bastante sosa, pero por el contrario, como es típico del autor, su hermosa prosa y los temas que tratan te hacen reflexionar sobre uno mismo y sobre la vida. La puntuación se queda en un  2.5. A pesar de esta decepción seguiré leyendo a John Green.

Puntuación:
Patri Alonso.


El asaltador de tumbas.

Cuando la noche cayó en el pueblo, todos sin excepción regresaron a sus casas. No quedaba ni un solo farol encendido en las calles, cuando a media noche un hombre entró sigilosamente en el cementerio. Este no era muy grande, pero era lo suficiente para asegurarle a cada habitante del pueblo un hueco en la húmeda tierra.

El hombre abrió y cerró la puerta de hierro con cautela, pero no había mucho que hacer pues estaba mal engrasada y chirriaba como en tantas películas de terror, produciendo al hombre un siniestro escalofrío por la columna vertebral.

El hombre iba cargado con un saco de considerable tamaño y una pala de mango largo.

Merodeó por los laberínticos caminos que creaban las tumbas, caminó encorvado observando una a una cada lápida hasta que halló la buscaba. Dejó a un lado el saco y con ansias comenzó a cavar, no paró hasta que la pala chocó contra algo. Quitó la tierra sobrante con las manos y abrió el ataúd. Allí encontró una maravilla. Hace unos días el duque del pueblo había fallecido, como no tenía ningún heredero legítimo le habían enterrado con las joyas y oros.

Con nerviosismo y ansiedad robó todas las joyas y las metió en el saco, varias veces le dieron arcadas por el olor de la descomposición de la carne y por la visa tan horrenda y repugnante que tenía ahora el duque, pues los roedores y las lombrices ya habían comenzado a comerse las partes blandas del duque.

Cuando estaba a punto de marcharse y no volver más al pueblo, escuchó un interesante sonido, como si alguien arrastrase huesos y después los rompiese. No podían ser otra cosa, pensó el hombre. ¿Qué más había aquí aparte de huesos, carne descompuesta y él?

Por pura curiosidad y también avaricia, se acercó con cuidado de donde provenían esos extraños ruidos. Llegó hasta una lápida con forma de ángel con las alas erguidas, donde la tumba estaba elevada.  El hombre se encontraba detrás de la tumba y con las alas de la estatua no veía qué era lo que está produciendo ese ruido. La tumba debía de ser alguien con mucho dinero como para pagar dicha escultura o era también alguien muy querido en el pueblo. Con avaricia dejó la pala caer desde su mano y se acercó a la tumba.

Subido al ataúd había un monstruo sacado de sus peores pesadillas. Era un ser con forma humana, su piel era muy fina y lechosa, apenas tenía carne y se le notaban todos y cada uno de sus huesos. Tan solo tenía las fosas nasales y el puente de la nariz casi era inexistente, tenía unas manos que parecían garras. Y no tenía un solo pelo en el cuerpo.

El engendro lo miró mientras masticaba algo, sus ojos eran verdes, tan oscuros que parecían negros.

El hombre comenzó a retroceder aterrorizado, pero no le dio tiempo a nada. Aquel monstruo se había abalanzado y estaba sobre él, ambos tirados en el suelo. Ahora le mordía un hombro y de este salía sangre a borbotones. Lo último que pudo ver el hombre fueron las fauces del engendro devorándole.

Ariadna Prados

Estaciones

Te has vuelto a perder otro atardecer a mi lado. Y ya no sé todos los que van. Te has perdido la magia sin trucos. El mar sin dudas. Y la verdad es que no sé porqué. Teníamos mucho que ganar y muy poco que perder. Pero decidiste que irse sería la mejor opción. Y aquí me tienes. Contando primaveras. Desgastando veranos. Anhelando otoños. Y llorando inviernos. Pensándote en cada estación. También en las de tren. Atocha me recuerda al ajetreo de tus manos, y Chamartín al laberinto de tu cuerpo. Y ya ni hablamos de la fría estación de autobús a la que voy de vez en cuando. En la que ni tus besos me reciben ni me despiden. Dejando siempre, en cada autobús de vuelta, un suspiro perdido. Y después, como no, estoy ahí sentada, acordándome de ti. Y me jode irme pensando en lo que pudo haber sido cuando vine pensando en lo que sería.

Gemma Benito

Gritando a la nada.

¿Lo escuchas? No soy yo. Es mi corazón llamándote para morderte. Es cada uno de mis suspiros explorando tu oído. Es cada destello de mi sonrisa buscando el reflejo de tu mirada. Es todo nuestro nada. Gritando a los cuatro vientos. Recorriendo de norte a sur tu espalda, hasta llegar a las caderas. De este a oeste intentando que no se te vaya la vida por los costados. Aunque a veces, mejor que esos cuatro vientos, es un soplo de aire fresco en la cara que me recuerde que todavía vivo. Que no estoy recluida en ti y que puedo romper los barrotes que le pongo a tu cárcel. Me esposaste a tus palabras.

A mi, que no entiendo significados. Solo de tu significante.

Gemma Benito

Disparos

La dulce brisa estival susurraba con suavidad entre las ramas de los castaños. Se quedaba ensimismada ante cómo el sol se colaba a través de sus hojas, y eso le hizo recordar cómo de la misma forma el astro se enredaba entre los bucles de su pelo, proyectando en su mente una imagen similar. Sonrió al recordar cómo ella reía a carcajadas ante aquel gesto de completa fascinación. El viento acariciaba el césped donde él reposaba, en apariencia, sereno; rebuscando en los más recónditos rincones de su mente y corroborando que aquella chica de rizos indómitos era la protagonista indiscutible de todos y cada uno de sus pensamientos. Tenía la imagen grabada a fuego de esos labios color carmesí, que disparaban balazos de sarcasmo e ingenio; de esa falda de volantes, que desprendía una mezcla de elegancia y melancolía; y de sus ojos esmeralda, sembradores de caos y osadía allá por donde pasaba. Cada vez que pestañeaba, era un revolver recargando. A él le dio de lleno con el primer cruce de miradas, en el invierno más cálido hasta donde su memoria le alcanzaba. Le gustaba pensar que todo había sido artífice del destino, su más preciosa serendipia. Hasta que ella se fue sin despedirse y, desde entonces, él no ha cesado de sangrar.


~ Laura B.

RecuerDOS.

Podría ponerme a hablar de infinidad de cosas. Todas sobre ti, claro. Cosas con nombre y apellidos. Como tus ojos. Esos ojos sin color definido, pero de mirada mas que matizada. Intensa. Que incluso pesa. Tu boca es lo único que no tiene tu nombre, porque tiene el mio. He decidido adueñarme de ella, sin tu permiso. Así, a lo loco. Aunque para loco tú y tu pelo. Alborotado tras el masaje de mis manos. Pelo que abunda y que siempre te colocas con cuidado. Pero para cuidado, el de tus manos cuando me rozas. Es más que delicadeza. Es como si rozases porcelana. Aunque de porcelana ya poco. Porque estoy rota. Más que rota. Como aquella última botella de ron que nos bebimos. No sé donde estará. Tú tampoco sé donde estás. Solo me quedan mis pequeños trozos y tu olvido.


Gemma Benito